Bodega Mi Amiga
enviado por Macacre - 9:51 AM
Bodega Mi Amiga: Con una amiga como esta, quién necesita enemigos.
Deseo compartir con ustedes el incidente bochornoso e indignante del que fui víctima en la bodega de la cual he sido fiel cliente desde hace muchos años.
Los que conocen este establecimiento y han ido recientemente, sabrán que hicieron una remodelación innecesaria e inconveniente, en donde trasladaron las cajas, que se ubicaban al fondo, detrás de un mostrador, al centro de la tienda, en donde los clientes tienen que hacer una fila serpenteante en el reducido espacio que queda entre una cinta de seguridad y un estante tan abarrotado de botellas, que las que se hallan en la primera fila, están en un balance precario, puesto que todo el peso de la botella no reposa sobre el mueble , sino que parte del cuerpo de la botella está en el aire, sobresaliendo casi tres centímetros de la repisa. Estas botellas además están coronadas por unos nuevos dispositivos de seguridad que son como una rosca plástica que rodea el cuello, de la cual sale una antena metálica que apunta hacia el frente de forma horizontal, sobresaliendo varios centímetros de el estante. Definitivamente un accidente esperando por suceder, un peligro a gritos para la seguridad de los clientes.
Cuando me dirigía a pagar mi mercancía, tuve que hacer el paso obligado por ahí, ya que había una larga fila que daba la vuelta curvando hacia ese lado, con tan mala suerte que una de estas antenitas rozara la correa de mi cartera, que cargaba en el hombro izquierdo, ocasionando que la botella cayera justo a mis pies, que si hubiese llevado sandalias me hubiera cortado gravemente. Lo primero que hizo mi novio fue preguntarme que si estaba bien, como es lo lógico, pero nadie más del personal tuvo la cortesía de ver qué me había pasado. Permanecimos varios minutos más en la caja sin que nadie nos dirigiese la palabra acerca del hecho, hasta que nos dimos cuenta de que a mi novio se le quedo el wallet en casa, y yo no tenía suficiente dinero conmigo. Así que con la normalidad que lo haría cualquiera que se encuentre en esa situación, dejamos la mercancía y nos dirigimos a la salida. Aparentemente para la supervisora de las cajeras, esta fue una oportunidad de embrabuconarse y salir a demostrar su heroísmo confrontándome de manera prepotente y agresiva, como si hubiese estado tratando de robarme algo. “OIGA!!!! Tiene que pagar la botella”, me dice la muy osada. Si la botella hubiese estado en mis manos y se me hubiese caído, no habría dudado en hacerme responsable. Pero por un desafortunado accidente que le pudo ocurrir a cualquiera, que no fue culpa de otra cosa que de la mala distribución del espacio, y de la pésima disposición de las botellas, y que sobre todo, pudo haber resultado en una tragedia, definitivamente no tengo por qué hacerme responsable, además con esa grosería, mucho menos. De hecho, no tendría en ningún caso que hacerme responsable, puesto que este tipo de mercancía cuenta con un seguro de reposición que contempla todas estas posibilidades y no resulta en pérdida para el comerciante. Cuando sin salir de mi asombro, le respondo a la mujer, que no me considero responsable del hecho, sino más bien la afectada de una potencial desgracia ocasionada por sus pobres medidas de seguridad, y que no creo justo que me cobren por eso, entonces ella nos llama al seguridad, que por supuesto, también viene muy envalentonado y pechón a ver qué ocurre, como si se tratase de un robo. Nos amenaza de retenernos hasta que paguemos, como si fuésemos unos delincuentes comunes. Y nosotros, con toda la paciencia del caso, pues ni modo, aquí nos retendrán hasta mañana, puesto que no vamos pagar. Además para rematar, mi novio se dio no traía su billetera, y yo como por seguridad no salgo de noche con tarjetas, sino sólo con el efectivo justo que voy a gastar, no tenía lo suficiente para cancelar aunque hubiese sido mi culpa y hubiese querido. Qué van a hacer? Preguntamos después de explicarles lo anterior, y nos llevan donde el gerente. Un español, rústico y grosero, que de igual manera se exalta, y comienza a retarme y a tratar de intimidarme incluso con insultos, no con lenguaje profano, pero sí utilizando adjetivos degradantes, no sólo para mí y para mi novio, sino para el resto de los panameños que según él, somos todos unos “juega-vivo”. Semejante bestia inculta, sin educación y sin modales, me va a venir a mí a llamar juega-vivo, cuando es él quien se quiere pasar de listo, cobrando dos veces por una botella, una la que pretendía que le pagara yo, la otra, porque el seguro del proveedor se la repone en esos casos y la iba a volver a vender. Afortunadamente para nosotros, la ronda policial venía pasando en esos momentos afuera del local y digo afortunadamente para nosotros, porque le salió el tiro por la culata al español avaro y codicioso, que dijo que los iba a llamar pensando que con ello nos atemorizaba. Cuando los policías entraron y vieron la situación le dijeron al señor que ellos no podían hacer nada, que en última instancia eso lo tendría que ver un juzgado. De inmediato estuve de acuerdo en ir a juicio, aunque tuviese que perder toda la noche en la corregiduría, porque ya no se trataba de pagar o no la botella, sino más bien de resarcir la humillación que este tipo nos hizo pasar como si fuésemos unos delincuentes. Sin embargo los policías se percataron de que era una situación absurda y que la querella del español no tenía fundamento alguno, porque primero, era evidente que las botellas estaban mal puestas, y segundo estábamos siendo víctimas de una estafa, como nos hicieron saber cuando nos apartaron para tomarnos la declaración. Uno de los policías dijo que en su opinión y su experiencia, sabía que un juzgado iba a favorecer nuestra parte, y que finalmente, el que tendría que asumir la multa sería el comerciante. Aparentemente cuando se llevó aparte al gerente para tomarle su declaración, también le dijo lo mismo y el tipo finalmente desistió de su locura, sabiendo que tenía todas las de perder. Pudimos irnos pacíficamente, pero con el mal sabor que nos dejó la vejación a la que fuimos sometidos.
Por mi parte, jamás volveré a pisar ese lugar que de ahora en adelante tan malos recuerdos me traerá. Perdieron una clienta fiel y frecuente, por su prepotencia, su arrogancia, y su poca disposición para dialogar y admitir sus errores. Aunque se que probablemente aquellos de ustedes que son clientes de ese lugar, no dejarán de ir nada más por lo que me pasó a mí, porque igual, es un lugar conveniente y necesario, les narro mi experiencia, porque quiero que todos sepan la clase de patán irracional, intransigente, grosero, arrogante, prepotente, y encima juega-vivo e inescrupuloso que administra ese lugar, y no se sorprendan si algo así les llega a pasar.
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